La mañana en el bufete comenzó como cualquier otra: teléfonos sonando, carpetas que iban y venían, y murmullos entre oficinas. Pero todo cambió cuando Ernesto Aguilar pidió reunir al equipo en la sala de juntas.
El gesto serio en su rostro ya anunciaba que no era un encuentro habitual.
Los presentes dejaron a un lado sus papeles y se acomodaron alrededor de la mesa. Algunos cuchicheaban, otros miraban con curiosidad.
Ernesto esperó a que se hiciera silencio, y con voz grave, dijo:
—Tengo qu