El silencio del apartamento era casi sepulcral. Clara había dejado las maletas en la entrada, como si aún no estuviera del todo segura de si quería deshacerlas. Mateo, a un par de pasos detrás de ella, parecía contener la respiración, temeroso de que cualquier palabra o gesto imprudente la hiciera cambiar de opinión y volver a salir por esa puerta.
La luz tenue del atardecer entraba por los ventanales, tiñendo la sala de tonos anaranjados. Era el mismo hogar que habían construido juntos, pero