El sábado por la mañana, Clara tomó la decisión. Había pasado siete días fuera de casa, refugiada en un hotel para respirar, para llorar sola, para pensarse de nuevo. Pero había llegado el momento de enfrentar lo que tanto le dolía.
Envió un mensaje breve a Mateo:
"Nos veremos mañana en casa. Tenemos que hablar."
Su corazón latía con fuerza al escribirlo. No era una invitación, ni una reconciliación inmediata: era una sentencia. Lo amaba, sí, aunque fuera un completo imbécil, pero no podí