El apartamento estaba en silencio. Clara entró con paso lento, colgó el bolso en la silla y fue directo a la habitación. Mateo la siguió con la mirada desde el sofá, sin atreverse a decir nada. Llevaban días hablándose apenas lo indispensable, como dos desconocidos que compartían el mismo techo.
Él había intentado acercarse, pero cada palabra terminaba en reproches, cada gesto en un muro invisible. Clara, cansada y herida, se refugiaba en su trabajo y en un silencio que a Mateo le resultaba ins