El apartamento de Valeria estaba iluminado solo por una lámpara de pie en la esquina, que proyectaba sombras suaves sobre las paredes color marfil. La mujer se acomodó en el sofá, con una copa de vino blanco en la mano y el portátil abierto frente a ella. La pantalla iluminaba su rostro impecablemente maquillado, y al otro lado apareció la imagen de su amiga Sofía, sonriente, con un gesto curioso.
—¿Y bien? —preguntó Sofía, cruzando los brazos frente a la cámara—. Me dejaste intrigada con tu m