El bufete los teléfonos no dejaban de sonar, las impresoras trabajaban sin descanso, y los pasillos parecían ríos de papeles y voces.
Clara llegó temprano, con los ojos todavía cansados de la mala noche. La tensión con Mateo era un peso constante en su pecho; habían dormido en habitaciones separadas, y aunque él había intentado hablarle antes de salir, ella no estaba lista para escucharlo.
Se encerró en su oficina y abrió los planos del centro de convenciones. Alejandro había insistido en que