El lunes, Clara amaneció con el corazón acelerado. Sabía que el día sería distinto: ya no iba a huir ni callar. Se vistió con ropa sobria y tomó en sus manos la carpeta donde guardaba cada prueba, cada fragmento de la pesadilla que había vivido.
Mateo pasó por ella temprano. Al verla nerviosa, le tomó la mano y la apretó con suavidad.
—No estás sola. Vamos juntos.
En la comisaría, el ambiente olía a café amargo y papeles viejos. El oficial de turno los recibió y les pidió sentarse para in