Los primeros rayos de sol entraron por la ventana del apartamento de Clara, tiñendo la sala con un resplandor suave. Ella abrió los ojos lentamente, aún recostada contra el pecho de Mateo. Por un instante se quedó quieta, escuchando el latido firme de su corazón bajo la tela de la camisa.
Era un sonido que la tranquilizaba, como si todo el caos de los días anteriores se deshiciera en ese ritmo constante.
Mateo se movió un poco y la miró con una sonrisa somnolienta.
—Buenos días… —susurró con