La fiebre no había bajado desde el día anterior. Valeria había pasado la noche entera humedeciendo paños, cambiando vendas, obligándolo a beber sorbos de agua tibia. Nada funcionaba. El cuerpo de Facundo ardía como un hierro al rojo vivo, su piel sudada brillaba bajo la tenue luz de la lámpara, y sus labios resecos dejaban escapar palabras incoherentes, recuerdos arrastrados por la fiebre que él nunca habría pronunciado en voz alta en la cordura.
Valeria lo observaba en silencio, cansada. Sus