Facundo se movía con dificultad. Cada paso le dolía; cada respiración era un recordatorio de la paliza reciente. Estaba vendado en varias partes, magullado y con la ropa rasgada. Su orgullo, sin embargo, se mantenía a punto de ebullición, aunque la sangre en el costado y la voz quebrada mostraban que el infierno había dejado huella.
Valeria le recostó en la cama cercana, un paño y un kit de primeros auxilios sobre el regazo. Ella había cuidado de él desde el primer minuto: limpió las heridas,