El aire del cuarto se había vuelto más pesado que nunca. Clara sentía que cada respiro era un esfuerzo, que cada segundo se arrastraba como un peso sobre su espalda. Las muñecas le ardían por las sogas, las piernas entumecidas apenas respondían. Los moretones se habían transformado en manchas violáceas que le recorrían la piel, recordándole cada golpe, cada sacudida.
Pero no era el dolor lo que la hacía quebrarse. Era el hambre. Llevaba días rechazando la comida que Facundo le traía, convenci