La noche de la inauguración había llegado. El “palacio” brillaba con luces cálidas. Telas colgantes y una alfombra roja que, en realidad, era una alfombra de yoga reciclada. Pero nadie lo notó. Porque todo tenía ese aire de magia improvisada que solo Lucía podía conjurar.
—¿Dónde está mi corona de empanadas? —gritó Marquitos, corriendo por los pasillos con una capa hecha de servilletas.
—¡No es una fiesta de disfraces! —respondió Sebastián, ajustando su corbata con la precisión de quien sabe qu