El palacio no volvió a ser el mismo desde que el bebé llegó. Las paredes parecían más cálidas, las sillas crujían con ternura, y hasta la lámpara parpadeaba con ritmo de nana. Lucía lo sabía: el reino había cambiado. No por decreto, sino por nacimiento.
El bebé —aún sin nombre oficial, pero con mil apodos— dormía en la cuna tejida con cucharones, madera con memoria y versos bordados. Cada vez que se movía, la cuna crujía como si cantara.
—¿Lo escuchaste? —preguntó Lucía a Jhonson.
—Sí. Creo q