Una semana después del tambor lento y la escoba testigo, Lucía despertó con una certeza en el pecho y un antojo de mango con queso que no se explicaba con lógica. Se miró al espejo, se tocó el vientre y sonrió como quien guarda un secreto que pronto será canción.
Jhonson estaba en la cocina, intentando preparar té con papelón (una receta que nadie le había enseñado, pero que él insistía en perfeccionar). Lucía se acercó, le quitó la cuchara de las manos y le dijo:
—Tengo algo que contarte.
—¿