La casa De La Vega estaba sumida en un silencio extraño, pesado, como si las paredes mismas contuvieran la respiración.
Damián observaba a su hermano desde el umbral de la habitación.
Luis estaba sentado en la cama, con la espalda recta y las manos apoyadas sobre las rodillas. No hablaba. No lloraba. No preguntaba nada. Su mirada permanecía fija en un punto inexistente, como si la vida hubiera quedado suspendida en algún lugar que nadie más podía ver.
—Luis… —murmuró Damián, acercándose despaci