La rutina de la cárcel había comenzado a borrar las horas.
Gabriela llevaba dos días encerrada en una celda que olía a humedad y resignación. Dos días en los que había aprendido a medir el tiempo por el ruido de los pasos en el pasillo y por la franja de luz que se colaba por la pequeña ventana enrejada. Dos días esperando un rostro que no llegó.
Había recibido visitas, sí.
Lucía, con los ojos rojos de rabia y determinación, jurándole que no iba a dejarla sola.
Jorge, serio, concentrado, promet