Gabriela seguía con las manos aferradas al volante, tan fuerte que los nudillos se le habían puesto blancos.
El humo de la fogata, el olor a tela quemada, la sonrisa venenosa de doña Elvira… todo seguía ahí, pegado en su garganta, como ceniza.
Lucía iba en el asiento del copiloto, mirando de reojo a su amiga, midiendo cada palabra como si pudiera romperla con un suspiro.
—Gaby… mírame —pidió con calma—. Respira. Ya salimos de ahí.
Gabriela no respondió.
Sus ojos estaban clavados al frente, vidriosos, inmóviles. Como si el mundo fuera una pantalla y ella ya no estuviera dentro.
—No puede… —murmuró por fin, apenas audible—. Quemó mis cosas, Lucía. Mis fotos… mis cosas de Gabrielito… ¿cómo puede alguien…?
La voz se le quebró. Pero no lloró. No todavía.
Lucía apretó los labios.
—Porque es una psicópata con poder —dijo con rabia contenida—. Y porque sabía que eso te iba a doler más que un golpe.
Gabriela tragó saliva. Apretó más el volante.
—Me quitó la mina… —susurró—. Me quitó todo. Y Da