Gabriela seguía con las manos aferradas al volante, tan fuerte que los nudillos se le habían puesto blancos.
El humo de la fogata, el olor a tela quemada, la sonrisa venenosa de doña Elvira… todo seguía ahí, pegado en su garganta, como ceniza.
Lucía iba en el asiento del copiloto, mirando de reojo a su amiga, midiendo cada palabra como si pudiera romperla con un suspiro.
—Gaby… mírame —pidió con calma—. Respira. Ya salimos de ahí.
Gabriela no respondió.
Sus ojos estaban clavados al frente, vidr