Gabriela despertó con la sensación de que el mundo estaba mal colocado.
El techo no era el suyo.
El olor tampoco.
Un latido seco le atravesó la sien, como si alguien golpeara desde adentro. Intentó incorporarse y el mareo la obligó a detenerse. Fue entonces cuando lo notó.
No llevaba su blusa.
El corazón le dio un salto violento.
Se llevó las manos al pecho, se cubrió instintivamente con la sábana y el recuerdo llegó en fragmentos desordenados: la cocina, los sándwiches, el jugo… la puerta… el suelo acercándose demasiado rápido.
—No… —susurró, con la garganta seca.
La puerta se abrió suavemente.
Adrián entró con una bandeja entre las manos. Sobre ella, una taza humeante y un plato pequeño.
—Ya despertaste —dijo, con una calma que a Gabriela le pareció extraña—. Te traje té. Te ayudará con el dolor de cabeza.
Ella lo miró como si no lo reconociera.
—¿Qué… qué hago aquí? —preguntó, con la voz temblorosa—. ¿Por qué estoy en esta cama?
Adrián dejó la bandeja sobre la mesa de noche.
—Te de