Gabriela despertó con la sensación de que el mundo estaba mal colocado.
El techo no era el suyo.
El olor tampoco.
Un latido seco le atravesó la sien, como si alguien golpeara desde adentro. Intentó incorporarse y el mareo la obligó a detenerse. Fue entonces cuando lo notó.
No llevaba su blusa.
El corazón le dio un salto violento.
Se llevó las manos al pecho, se cubrió instintivamente con la sábana y el recuerdo llegó en fragmentos desordenados: la cocina, los sándwiches, el jugo… la puerta… el