Las persianas apenas dejaban pasar una franja de luz sobre la habitación cuando Victoria abrió los ojos.
El pecho desnudo de Jorge subía y bajaba despacio a su lado; su brazo la rodeaba con una seguridad que contrastaba demasiado con el miedo que todavía la habitaba. La sábana enredada a media cintura, el eco tibio de la noche anterior flotando entre los dos, y ese silencio extraño que solo existe cuando algo importante está a punto de decirse.
Victoria se giró hacia él, apoyando la mejilla en su pecho.
—Tengo miedo —confesó en voz baja, rompiendo el hechizo—. Cuando Adrián vea los papeles de divorcio… no sé cómo va a reaccionar.
Jorge deslizó una mano por su espalda desnuda, intentando calmar el temblor que sintió bajo sus dedos.
—Tienes derecho a tener miedo —admitió—. Te ha hecho demasiado daño. Pero también tienes derecho a dejar de vivir con ese miedo.
Deberías denunciarlo, Victoria. Por todo lo que te hizo. Por el bebé que perdiste. Por cada golpe.
Ella apretó la línea de la ma