Las persianas apenas dejaban pasar una franja de luz sobre la habitación cuando Victoria abrió los ojos.
El pecho desnudo de Jorge subía y bajaba despacio a su lado; su brazo la rodeaba con una seguridad que contrastaba demasiado con el miedo que todavía la habitaba. La sábana enredada a media cintura, el eco tibio de la noche anterior flotando entre los dos, y ese silencio extraño que solo existe cuando algo importante está a punto de decirse.
Victoria se giró hacia él, apoyando la mejilla en