El auto estaba estacionado a unos metros del portón del psiquiátrico.
Lucia veía el edificio gris al frente con el ceño fruncido, como si estuviera frente a un monstruo que llevaba años escondido.
—Si nos cachan, esto no lo vi en ninguna novela —murmuró, ajustándose la blusa—. Pero alguien tiene que hacerlo.
Jorge, al volante, respiró hondo.
—No puedo creer que me arrastraras a esto —dijo, aunque sus dedos apretaban el timón con fuerza—. Si descubrimos que todo es cierto… se derrumba la vida de