El auto estaba estacionado a unos metros del portón del psiquiátrico.
Lucia veía el edificio gris al frente con el ceño fruncido, como si estuviera frente a un monstruo que llevaba años escondido.
—Si nos cachan, esto no lo vi en ninguna novela —murmuró, ajustándose la blusa—. Pero alguien tiene que hacerlo.
Jorge, al volante, respiró hondo.
—No puedo creer que me arrastraras a esto —dijo, aunque sus dedos apretaban el timón con fuerza—. Si descubrimos que todo es cierto… se derrumba la vida de Damián.
Lucia lo miró de lado.
—Ya se está derrumbando igual —respondió, seria—. ¿No crees que es mejor una verdad dolorosa que una mentira eterna?
Él no contestó.
El teléfono de Jorge vibró sobre la consola.
Una vez.
Dos.
Tres.
Lucia estiró la mano y lo volteó boca abajo.
—No es momento de que tu colección de amantes te arruine la misión —dijo con una sonrisa forzada—. Estamos ocupados salvando a alguien.
—No son amantes —refunfuñó él.
—Ajá, sí, claro. Anda, abogado, muévete.
Abrieron las p