El camino hacia la mina de Orion Corp se extendía frente a ellos como una línea gris interminable.
El auto de Adrián devoraba kilómetros mientras la tarde se deshacía en sombras anaranjadas. Victoria llevaba la mirada clavada en la ventana, viendo pasar árboles, carteles, lomas. Hacía semanas que no pisaba la mina de su padre. Desde que se había casado con Adrián, él se las había arreglado para mantenerla lejos de los negocios, lejos de las juntas, lejos de las decisiones.
Hoy no.
Hoy había decidido que eso se acababa.
—No sabes cuánto necesitaba regresar —murmuró Victoria, sin apartar la vista de la carretera—. Orion Corp no es tu juguete, Adrián. Es el legado de mi familia. También es mío.
Adrián mantenía ambas manos en el volante. Mandíbula apretada, silencio espeso.
—Vas a llegar, ver a tu padre, sonreír para las fotos y después regresar conmigo —dijo al fin, sin mirarla—. No quiero escenas.
Victoria soltó una risita sin humor.
—Tranquilo. Las escenas me las guardo para la casa.
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