Gabriela se miró al espejo… y por un segundo dejó de respirar.
El vestido blanco se ajustaba a su figura como si hubiera sido creado especialmente para ella: talle ceñido, falda suave que caía como un suspiro, y la tela brillante que atrapaba la luz y la devolvía convertida en algo parecido a la esperanza.
Su cabello —suelto, ondulado, natural— enmarcaba su rostro con una dulzura que hacía años no reconocía.
No parecía la misma mujer rota que había firmado un divorcio con lágrimas y miedo.
No parecía la viuda de un hijo que aún dolía en el alma.
Hoy era otra.
Hoy era la mujer que iba a casarse con el hombre que había devuelto color a su vida.
—¡Por Dios, Gaby… te ves como caída del cielo! —Lucía irrumpió en la habitación con la boca abierta—. ¡Estás más hermosa que cualquier novia de revista! ¡Mírate!
Gabriela sonrió, con el corazón golpeándole el pecho.
—No puedo creer que esté pasando de nuevo… —susurró—. Pensé que jamás volvería a vestirme así.
Lucía se acercó y la tomó de las m