Gabriela se miró al espejo… y por un segundo dejó de respirar.
El vestido blanco se ajustaba a su figura como si hubiera sido creado especialmente para ella: talle ceñido, falda suave que caía como un suspiro, y la tela brillante que atrapaba la luz y la devolvía convertida en algo parecido a la esperanza.
Su cabello —suelto, ondulado, natural— enmarcaba su rostro con una dulzura que hacía años no reconocía.
No parecía la misma mujer rota que había firmado un divorcio con lágrimas y miedo.
No