La mañana amaneció tibia, perfumada por ese olor a tierra húmeda que anunciaba un buen día de trabajo.
Gabriela y Damián avanzaban por la carretera en la camioneta, con las manos entrelazadas sobre la consola central. La luz del sol entraba por el parabrisas, iluminando el anillo que Gabriela aún miraba con incredulidad.
—No puedo creer que seas mi esposa —murmuró Damián, sin apartar la mirada del camino.
Había una felicidad tan pura en su voz que a Gabriela le ardieron los ojos.
—Tampoco yo…