Adrián miraba la pantalla del teléfono como si el mundo entero estuviera ahí dentro.
Llevaba más de diez minutos hablando sin parar, paseándose por la habitación del hospital, con el ceño fruncido, dando órdenes, exigiendo, calculando.
Detrás de él, en la cama, Victoria seguía inmóvil.
La bata de hospital le quedaba grande, el rostro estaba pálido, los ojos vacíos.
El médico había sido claro.
Había sufrido una caída fuerte en las escaleras.
La consecuencia había sido irreversible.
Había perdido al bebé.
Su bebé.
El hijo que no volvería a sentir, ni a ver, ni a escuchar llorar.
Sus manos descansaban sobre su vientre plano, como si aún buscara proteger algo que ya no estaba ahí. Sentía un frío extraño, como si su cuerpo supiera que algo se había arrancado de raíz.
Y mientras su mundo se derrumbaba, Adrián Torres hablaba por teléfono.
—Te dije que no puedes dejar caer las acciones ahora —decía con impaciencia—. No me importa lo que diga tu abogado, quiero resultados. Sí… sí, estaré a