Adrián miraba la pantalla del teléfono como si el mundo entero estuviera ahí dentro.
Llevaba más de diez minutos hablando sin parar, paseándose por la habitación del hospital, con el ceño fruncido, dando órdenes, exigiendo, calculando.
Detrás de él, en la cama, Victoria seguía inmóvil.
La bata de hospital le quedaba grande, el rostro estaba pálido, los ojos vacíos.
El médico había sido claro.
Había sufrido una caída fuerte en las escaleras.
La consecuencia había sido irreversible.
Había per