Gabriela salió de la mina, dejando a Francisco atrás.
Aún llevaba en la cabeza las palabras de Elvira:
“Cuida dónde metes la nariz.”
Y la imagen del expediente que no debía existir.
Luis De La Vega.
Vivo.
Oculto.
Pero antes de que pudiera procesarlo, vio una figura recargada en una camioneta negra.
Damián.
El hombre que podía convertir un día gris en un amanecer nuevo.
—Llegas justo cuando empezaba a preocuparme —dijo él con una sonrisa tibia, esa que le desarmaba el alma.
—Salí lo más rápido que pude —respondió ella—. Fue un día… largo.
Él se acercó, rodeándola sin tocarla.
—Entonces tengo una propuesta que podría arreglar tu noche.
Gabriela arqueó una ceja, intrigada.
—¿Cuál?
—Te invito a cenar. Solo tú y yo.
Un nudo cálido se formó en su pecho, pero la duda la frenó.
—No sé si sea buena idea —susurró—. Después del escándalo, todo el mundo nos mira.
Él levantó su mano y rozó su mejilla con la yema de los dedos.
—No me importa el mundo, Gabriela —dijo con voz grave—. Quiero est