El pueblo seguía hablando.
Aunque habían pasado días desde la boda de Adrián, los rumores todavía flotaban en el aire como polvo imposible de barrer.
Las miradas curiosas, los susurros, los juicios… Gabriela ya había aprendido a vivir con ellos. Pero a veces, el silencio de la noche era peor que cualquier murmullo.
Por suerte, el trabajo seguía siendo su refugio.
Desde el amanecer hasta el atardecer, se mantenía ocupada en el proyecto comunitario: organizaba donaciones, coordinaba víveres, ayudaba a los hijos de los mineros, levantaba la voz por quienes no la tenían.
En ese mundo de esfuerzo y sudor, encontraba algo parecido a la paz.
—Si trabajas un poco más, vas a terminar mudándote aquí —bromeó Lucía, alcanzándole una botella de agua.
Gabriela sonrió con cansancio.
—Prefiero estar aquí que escuchando lo que dicen allá afuera.
—Déjalos hablar. Si mencionan tu nombre, es porque no pueden ignorarte. —Lucía le guiñó un ojo—. Las mujeres fuertes siempre incomodan.
Gabriela sonrió