El pueblo seguía hablando.
Aunque habían pasado días desde la boda de Adrián, los rumores todavía flotaban en el aire como polvo imposible de barrer.
Las miradas curiosas, los susurros, los juicios… Gabriela ya había aprendido a vivir con ellos. Pero a veces, el silencio de la noche era peor que cualquier murmullo.
Por suerte, el trabajo seguía siendo su refugio.
Desde el amanecer hasta el atardecer, se mantenía ocupada en el proyecto comunitario: organizaba donaciones, coordinaba víveres, a