Habían pasado varios días desde aquel momento incómodo en la oficina, pero Gabriela aún podía sentir la tensión en el aire.
Cada vez que Damián se cruzaba con ella, el mundo parecía detenerse por un segundo.
Evitaban quedarse solos, hablaban lo justo y fingían normalidad, pero bastaba una mirada para que ambos recordaran lo cerca que estuvieron de cruzar una línea que no debían.
Lucía, por supuesto, no tardó en notar el cambio.
—Tienes la mirada de una mujer que necesita una copa y una noche si