—Te ves hermosa, hija —dijo la madre de Victoria, con una sonrisa cargada de ternura y cansancio.
El espejo devolvía la imagen de una mujer impecable, de rostro calculadamente dulce, envuelta en un vestido blanco con bordados de perlas que relucían bajo las luces de la tienda.
Victoria giró ligeramente, observando su reflejo con deleite.
—Gracias, mamá. Adrián me verá así y no podrá apartar la mirada.
Su madre dejó escapar un suspiro y cruzó los brazos.
—Solo quiero estar segura, Victoria. ¿De verdad piensas casarte con ese hombre?
Victoria se volvió hacia ella con una sonrisa tranquila.
—Por supuesto. Adrián es el hombre que necesitaba. Me comprende, me da mi lugar. No es como los demás.
—Dijiste lo mismo de Mario —recordó su madre con cierta amargura.
El gesto de Victoria se endureció.
—No me compares con ese desgraciado —dijo, apretando los labios—. Mario me humilló frente a todos, se fue con su secretaria el mismo día de nuestra boda. Adrián no es así. Él sabe lo que quiere.
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