Damián conducía con la mirada fija en el camino, pero su mente estaba lejos, en la mina.
No podía quitarse de la cabeza la imagen de Gabriela corriendo entre los cuerpos de los mineros, dando órdenes, ayudando, luchando por cada vida.
Había algo en esa mujer que lo estremecía: su fuerza, su compasión, su manera de ponerse al frente del dolor sin quebrarse.
Y lo que más le dolía era haberse ido, obligado por su madre.
En el asiento del copiloto, Doña Elvira suspiró con fastidio, rompiendo el silencio.
—Bueno, al menos la alcaldesa tuvo la decencia de hacerse responsable por los mineros —dijo, con tono agrio—. Porque yo no estoy dispuesta a cargar con demandas.
Damián la miró de reojo.
—No puede hablar así, mamá. Son personas. Gente que trabaja duro para ganarse el pan.
—Personas, sí —replicó ella—, pero inútiles. Si se enferman por una sopa, no es mi culpa. Y todo esto pasó por culpa de Gabriela.
Damián apretó el volante.
—No fue culpa de ella. Nadie sabe qué ocurrió todavía.
—Po