Damián conducía con la mirada fija en el camino, pero su mente estaba lejos, en la mina.
No podía quitarse de la cabeza la imagen de Gabriela corriendo entre los cuerpos de los mineros, dando órdenes, ayudando, luchando por cada vida.
Había algo en esa mujer que lo estremecía: su fuerza, su compasión, su manera de ponerse al frente del dolor sin quebrarse.
Y lo que más le dolía era haberse ido, obligado por su madre.
En el asiento del copiloto, Doña Elvira suspiró con fastidio, rompiendo el