Las llaves tintinearon entre los dedos de Gabriela mientras intentaba abrir la puerta.
Equilibraba un par de bolsas llenas de frutas y víveres, pero justo cuando logró meter la llave en la cerradura, una de las bolsas se rompió. Las manzanas rodaron por el piso de piedra, seguidas de los tomates y un frasco que, por suerte, no se rompió.
—¡Ay, no! —murmuró frustrada, arrodillándose para recogerlas.
—Déjame ayudarte —dijo una voz conocida.
Gabriela levantó la vista, sorprendida. Frente a ella e