Las llaves tintinearon entre los dedos de Gabriela mientras intentaba abrir la puerta.
Equilibraba un par de bolsas llenas de frutas y víveres, pero justo cuando logró meter la llave en la cerradura, una de las bolsas se rompió. Las manzanas rodaron por el piso de piedra, seguidas de los tomates y un frasco que, por suerte, no se rompió.
—¡Ay, no! —murmuró frustrada, arrodillándose para recogerlas.
—Déjame ayudarte —dijo una voz conocida.
Gabriela levantó la vista, sorprendida. Frente a ella estaban Damián y Nico, ambos sonriendo con amabilidad. El pequeño se agachó enseguida para ayudarla a recoger las frutas.
—Gracias, cariño —dijo Gabriela, acariciándole el cabello—. Tienes muy buenos modales.
—Tío Damián dice que hay que ayudar a las damas —respondió el niño con orgullo.
Gabriela sonrió y, por un instante, sintió una punzada en el pecho. Ese niño tenía una luz que le recordaba a su hijo, Gabriel.
—Pasen, por favor —los invitó—. No puedo dejar que se vayan sin un vaso de jugo al m