El sol ya se ocultaba tras las montañas cuando Gabriela salió de la mina. Sus botas estaban cubiertas de polvo y el cansancio se reflejaba en su rostro. Había sido un día interminable, lleno de reclamos, discusiones y decepciones.
Mientras el aire frío de la tarde rozaba su piel, miró su reloj y suspiró: eran casi las ocho de la noche. Demasiado tarde para alcanzar el funeral de Sara.
Apretó los labios.
—Perdóname, Damián… —murmuró para sí, con un nudo en la garganta.
Guardó los informes en su bolso y se dirigió a su auto. Pero antes de abrir la puerta, una voz la detuvo.
—¡Gabriela! ¡Espérame!
Francisco corría hacia ella, respirando con dificultad, el casco aún en la mano y el rostro empapado de sudor.
—¿Qué sucede ahora? —preguntó ella con evidente agotamiento.
—Descubrí dónde están los mineros que no se presentaron a trabajar. —Francisco hizo una pausa, recuperando el aire—. Están todos en la mina de Orion Corp. Se fueron con ellos… ¡debemos reclamarles!
Gabriela lo observó unos