El sol ya se ocultaba tras las montañas cuando Gabriela salió de la mina. Sus botas estaban cubiertas de polvo y el cansancio se reflejaba en su rostro. Había sido un día interminable, lleno de reclamos, discusiones y decepciones.
Mientras el aire frío de la tarde rozaba su piel, miró su reloj y suspiró: eran casi las ocho de la noche. Demasiado tarde para alcanzar el funeral de Sara.
Apretó los labios.
—Perdóname, Damián… —murmuró para sí, con un nudo en la garganta.
Guardó los informes en s