Gabriela apagó las luces de la oficina y guardó los últimos documentos en su bolso. Afuera, el viento soplaba suave, levantando un poco de polvo del camino. Cuando volteó hacia el estacionamiento, notó algo que la hizo fruncir el ceño: el auto de Damián estaba ahí.
—¿Qué hace aquí? —murmuró, sintiendo un ligero escalofrío.
Tomó su casco del perchero y se dirigió a la entrada de la mina.
Su peor temor era que Damián actuara de manera indebida y se provocara daño.
Avanzó con la linterna encendida, buscando entre las sombras hasta que vio una figura sentada en el suelo.
Era Damián.
Sintió un gran alivio al ver que solo estaba ahí, con una venda en sus manos como protección por los daños que se causó cuando golpeó el tronco del árbol.
Gabriela se detuvo unos metros antes de acercarse. No estaba cavando ni golpeando la tierra, como las veces anteriores. Esta vez solo estaba ahí, quieto, con la mirada perdida en el vacío.
—Damián… —susurró, quitándose el casco mientras se acercaba lentame