Damián se quedó helado.
Durante un segundo creyó que la vista le jugaba una mala pasada, pero no… era ella.
Ángeles.
—¿Qué haces aquí? —preguntó finalmente, con voz tensa.
La mujer sonrió con una familiaridad que a él le resultó incómoda. Vestía un abrigo color crema, el cabello oscuro perfectamente peinado, y un perfume caro llenaba el aire de la sala.
Antes de que él pudiera reaccionar, ella se lanzó a sus brazos y lo besó en los labios.
Damián se apartó, desconcertado.
—Ángeles, por favor