Damián se quedó helado.
Durante un segundo creyó que la vista le jugaba una mala pasada, pero no… era ella.
Ángeles.
—¿Qué haces aquí? —preguntó finalmente, con voz tensa.
La mujer sonrió con una familiaridad que a él le resultó incómoda. Vestía un abrigo color crema, el cabello oscuro perfectamente peinado, y un perfume caro llenaba el aire de la sala.
Antes de que él pudiera reaccionar, ella se lanzó a sus brazos y lo besó en los labios.
Damián se apartó, desconcertado.
—Ángeles, por favor… no entiendo qué significa esto.
—Solo vine a verte —dijo ella, con tono suave—. Te extrañaba.
Él rió con incredulidad.
—¿Extrañarme? La última vez que hablamos me dejaste claro que este “simple pueblo”, como tú lo llamaste, no era para ti. Que preferías quedarte en la ciudad antes que vivir conmigo aquí.
El rostro de Ángeles se endureció por un segundo, luego fingió una sonrisa.
—Lo sé… estaba enojada. Dije cosas de las que me arrepiento. No quería alejarme de ti, Damián.
Antes de que él pud