—Tengo buenas noticias —anunció Gabriela, levantando una carpeta—. Después de semanas de gestión, logramos conseguir un patrocinio para construir un comedor solidario.
Los mineros se miraron entre sí, sorprendidos. Gabriela continuó, entusiasmada:
—Eso significa que pronto tendrán un lugar digno donde comer, con alimentos nutritivos. Ya no tendrán que traer su comida fría o pasar el día con solo un pan y café.
Un murmullo de alegría recorrió al grupo, y luego los aplausos estallaron. Algunos silbaron, otros la felicitaron con palmadas en la espalda.
—¡Gracias, ingeniera! —gritó uno de los mineros—. Nadie se había preocupado así por nosotros.
Gabriela sonrió con humildad. —Ustedes lo merecen. Son el corazón de esta mina, y su bienestar es prioridad.
Después del pequeño discurso, los hombres regresaron a sus labores con una energía renovada. Gabriela suspiró al verlos irse. Había costado mucho esfuerzo convencer a la alcaldesa, pero lo había logrado.
—Bien, hecho ingeniera. —Francisco s