Adrián yacía en su cama, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza, mirando el techo del apartamento. La mañana entraba tímida por las cortinas abiertas, pero él seguía sumergido en sus pensamientos.
—¿Cómo alguien puede verla así? —murmuró para sí, con un tono de desprecio—. Toda sucia, con ese olor a tierra y sudor… ¿No tendrá otras intenciones? ¿Qué le ve? ¿o simple interés?
Pensaba en Gabriela, en su exesposa, en cómo se atrevía a seguir adelante después de dejarlo, después de humillarlo frente a todos al no rogarle que se quedara. Aquella “minera”, como él le decía con sarcasmo, había logrado más de lo que él imaginaba. Y eso lo enfurecía.
De pronto, sus pensamientos se interrumpieron al sentir una mano suave deslizándose por su pecho. Era Victoria, su nueva conquista, una mujer elegante, siempre impecable y con un perfume que llenaba el aire de vainilla y flores. Pero lo más importante, heredera de Orión Corp.
—Buenos días, amor —susurró ella, dándole un beso en el cuello.