El día se había vuelto interminable para Gabriela. Desde que había llegado a la oficina, su mente no dejaba de repetir una y otra vez las palabras de Adrián: “O me das la mitad de la casa o te la quito por completo.”
Cada vez que intentaba concentrarse en los planos o en los informes de la mina, terminaba mirando al vacío, con el corazón encogido por la rabia y la impotencia.
Lucía tocó la puerta y entró con su casco bajo el brazo y una sonrisa llena de entusiasmo.
—Gaby, tengo buenas noticia