El día se había vuelto interminable para Gabriela. Desde que había llegado a la oficina, su mente no dejaba de repetir una y otra vez las palabras de Adrián: “O me das la mitad de la casa o te la quito por completo.”
Cada vez que intentaba concentrarse en los planos o en los informes de la mina, terminaba mirando al vacío, con el corazón encogido por la rabia y la impotencia.
Lucía tocó la puerta y entró con su casco bajo el brazo y una sonrisa llena de entusiasmo.
—Gaby, tengo buenas noticias —dijo animada—. Los ingenieros encontraron una nueva ruta para abrir túneles. Es mucho más estable y reducirá los riesgos de derrumbes. Si funciona, podríamos adelantar el trabajo en casi un mes.
Gabriela levantó la vista, intentando sonreír.
—Eso es excelente, Lucía. De verdad… me alegra.
Lucía la observó con curiosidad, notando el tono apagado de su voz.
—¿Qué pasa contigo? Hoy has estado en otro mundo. Ni siquiera me regañaste por llegar tarde.
Gabriela soltó un suspiro y apoyó los codos