El sonido de las máquinas y los picos resonaba en el interior de la mina. Gabriela caminaba entre los obreros, observando con atención cada movimiento, cada golpe contra la roca húmeda. El aire olía a tierra fresca y metal. A su lado, Lucía tomaba notas en una libreta, atenta a las indicaciones que su jefa le daba.
—Recuerden —dijo Gabriela con firmeza, señalando el suelo—, esta capa de tierra se puede excavar sin problema. Pero si ven una textura más suelta o con vetas grises, deténganse. Puede ser falsa y provocar un derrumbe.
Los hombres asintieron y siguieron sus órdenes con respeto. Gabriela se sentía en su terreno, literalmente.
Cuando terminó de supervisar, caminó junto a Lucía hacia la salida del túnel. Gabriela se limpió el sudor del cuello y suspiró.
—¿Has visto a Damián? —preguntó de pronto.
—No, desde ayer no lo he visto por la oficina. ¿Por qué? —Lucía la miró de reojo con curiosidad.
—Necesito hablar con él… pedirle disculpas. —Gabriela bajó la mirada, con un dejo de