Gabriela estaba sentada en el sofá, abrazando una taza de té frío que ya no tenía sabor.
Miraba fijamente la puerta, como si esperara que en cualquier momento Damián entrara, sonriendo, diciendo su nombre como solo él podía hacerlo.
Pero la puerta no se abrió.
Había pasado toda la tarde sin noticias.
De pronto, el timbre sonó.
Gabriela se levantó de un salto, con el corazón acelerado.
Pero cuando abrió…
—¿Y ese susto, mujer? ¿Esperabas un fantasma? —bromeó Lucía, pero sus ojos se estrecharon a