Había pasado una semana desde el derrumbe que cambió la vida de todos en la mina.
Una semana desde que el destino decidió arrancarle una pierna a doña Elvira…
y arrancar la paz a Gabriela y Damián.
En siete días, Damián apenas había pisado la mina.
Apenas había pisado la vida de Gabriela.
Sus encuentros eran breves, robados, marcados por la culpa.
Esa tarde, Gabriela lo tenía entre sus brazos, un beso que quería ser consuelo, un beso que quería ser hogar.
Pero justo cuando el mundo empezaba a derretirse entre sus labios…
La alarma del teléfono de Damián sonó.
Un sonido agudo.
Un recordatorio tan cruel como necesario.
Damián se separó con un suspiro frustrado.
—Tengo que irme —dijo, mirando la pantalla—. Si no estoy a tiempo… mamá pierde la calma.
Gabriela bajó la mirada.
—Parece que no quiere que vuelvas a trabajar… ni que nos veamos —susurró, con una herida que intentó ocultar.
Damián se acercó, tomó su rostro entre sus manos.
—Gaby… por favor —murmuró, acariciándole el mentón—.