La habitación estaba en penumbras, iluminada apenas por la luz tenue que se filtraba entre las cortinas. Gabriela dormitaba, atrapada en un sueño inquieto que la ahogaba.
Un eco la perseguía.
—Por tu culpa… por tu culpa perdí mi pierna… por tu culpa mi vida se destruyó…
La voz de doña Elvira resonaba como un látigo en la oscuridad.
Gabriela corrió, pero el túnel se cerraba detrás de ella, cayendo en pedazos, aplastándola una y otra vez.
Y esa voz… ese odio… la seguía.
—Te voy a destruir… así c