31. Y se fue
Su mirada se posó en mí de manera visceral, como si intentara arrancarme la seguridad de los huesos con tan solo un parpadeo.
Y si había algo en este mundo que no soportaba más que sentirme insignificante, era ese intento de otros por hacerme sentir menos.
Ella me miraba como si yo fuera una mancha en su abrigo de diseñador. De arriba a abajo. Con ese desprecio que no necesitaba palabras.
—No tengo tiempo para hablar —dije, seca, sin mirarla del todo—. Así que puedes irte.
—Te gustará lo que te