El día siguiente comenzó con una lluvia pesada, como si el cielo supiera que había algo que debía purgarse. Me vestí con más cuidado de lo habitual. Me puse una blusa blanca perfectamente planchada con un pantalón negro de pinzas que me marcaba la cintura como si fuera mi mejor aliada. Mis tacones hacían un sonido seco contra el suelo al caminar. Elegí el perfume más elegante de mi colección: ese que decía “estoy en control” aunque por dentro fuera un desastre emocional con patas.
Subí al asce