El amanecer trajo consigo una pesadez insoportable.
Mila despertó sola en su habitación, pero la ausencia de Aldo era más que física: era un vacío que la ahogaba.
No había rastro de él en la cama, ni su aroma en la almohada, ni el calor de su cuerpo en las sábanas.
Sabía dónde estaba.
Caminó hasta la habitación de huéspedes y, al ver la puerta entreabierta, su pecho se contrajo de dolor.
Aldo estaba dormido, pero su expresión era la de un hombre que había pasado la noche en vela. Mila no dijo na