Francisco se encontraba en la oscuridad de su departamento, con la única luz proveniente de la pantalla de su teléfono.
Su mandíbula estaba tensa, sus nudillos blancos de tanto apretar el dispositivo. Sus pensamientos eran un torbellino de rabia e impotencia.
Había perdido todo. Mila, la única mujer que alguna vez amó, ahora estaba con otro. Y todo por culpa de Arly.
—¡Maldita seas, Arly! —gruñó entre dientes, golpeando la mesa con el puño furioso.
Cerró los ojos con furia, intentando calmar su