La puerta se abrió de golpe, y las gemelas Mia y Mila irrumpieron en la habitación.
Con sus caritas de preocupación y voces de niños inocentes, gritaron al unísono:
—¡Lobo, lobito feroz, suelta a mamita!
Con una energía y valentía inesperadas para su edad, ambas niñas se lanzaron hacia Terrance.
El hombre, sorprendido por su audacia, las atrapó en un abrazo con rapidez.
Un suspiro de frustración escapó de sus labios al verlas tan cerca. En ese instante, una extraña mezcla de ternura y dolor lo i