Vivian soltó un grito desgarrador, pero los hombres se abalanzaron sobre ella como bestias hambrientas, sofocando su voz con sus manos ásperas y sucias.
—¡Cállate, mujer, o te matamos! —gruñó uno de ellos, acercando la fría hoja de un cuchillo a su cuello.
Un escalofrío le recorrió la espalda. El miedo la paralizó, le quemó las entrañas como un fuego incontrolable.
Los hombres la examinaron con ojos lascivos.
—Es bonita… —murmuró uno con una sonrisa repugnante—. Hay que aprovechar.
Vivian sintió