Capítulo 176: El Informe de la Vacuidad
El sonido del tacón contra la obsidiana fue un martillazo en la percepción de Astraea. Allí, sentada en el trono de huesos que ella misma debería haber reclamado, su doble humano —la profesora— sostenía un fajo de hojas que goteaban una sustancia viscosa, oscura como la tinta pero espesa como la sangre coagulada. La mujer levantó la vista, y sus ojos ya no eran el reflejo cansado de una docente de secundaria; eran cuencos de una lógica fría que no admitía