El frío de la Torre de la Sacerdotisa parecía emanar de las mismas piedras, un gélido aliento que no se calmaba ni con la túnica de seda carmesí que envolvía a Astraea. Se quedó paralizada frente al espejo de plata, con los dedos a milímetros de la superficie mercurial. Las palabras de su abuelo, canalizadas a través de su propio reflejo, seguían rebotando en las paredes circulares de la cámara como una maldición susurrada. «Tu propia descendencia prohibida».
Astraea retiró la mano como si el m