Capitulo 99

El frío de la Torre de la Sacerdotisa parecía emanar de las mismas piedras, un gélido aliento que no se calmaba ni con la túnica de seda carmesí que envolvía a Astraea. Se quedó paralizada frente al espejo de plata, con los dedos a milímetros de la superficie mercurial. Las palabras de su abuelo, canalizadas a través de su propio reflejo, seguían rebotando en las paredes circulares de la cámara como una maldición susurrada. «Tu propia descendencia prohibida».

Astraea retiró la mano como si el m
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