La vista de la cabeza de Silas dentro del cofre fue un impacto que Astraea sintió no en sus ojos, sino en la boca del estómago. El aroma a sangre estancada y a pergamino viejo inundó sus fosas nasales, mezclándose con el perfume dulce de las flores marchitas que Mikhail emanaba como un aura de triunfo. La nota entre los dientes del Archivista, escrita con una caligrafía que goteaba frescura macabra, no solo era una amenaza; era una revelación biológica que hacía que la propia piel de Astraea se