El susurro gélido en el oído de Astraea se desvaneció justo cuando sus ojos se abrieron de par en par, encontrándose con la penumbra de la alcoba real. El corazón le martilleaba contra las costillas, una rítmica violenta que parecía querer escapar de su pecho. No era una pesadilla común; el eco de la voz de su abuelo, el Rey de los Vampiros, todavía vibraba en sus canales auditivos, dejando un rastro de estática gélida que le erizaba el vello de la nuca. Intentó incorporarse, pero un peso húmed